Bottega. Vista de la instalación - Installation view

Bottega


Pese a ser una de las disciplinas artísticas por excelencia, la pintura contemporánea parece supeditada y medida por una situación de crisis más bien crónica. La pintura sigue siendo autónoma, sigue marcando su propio ritmo y, en consecuencia, sigue topando con las mismas fricciones ante otro tipo de registros de carácter más conceptual. No obstante, y si bien es cierto que su práctica se halla posiblemente en un momento de agotamiento, también lo es el hecho que existe una tendencia metareferencial que la reivindica mediante un análisis autocrítico sobre el propio medio; es decir, una pintura que, al margen de narrativas visuales, nos habla de la pintura en si misma.

En esta línea de investigación se encuentra la obra de Germán Portal (Montevideo, 1979), un pintor que centra su trabajo en una exploración exhaustiva del acto de pintar en la actualidad. Para ello, el artista utiliza dos estrategias complementarias. Por un lado, una fingida ausencia de estilo; algo que le permite liberarse del peso autoritario del gesto e ir experimentando sin complejos; por el otro, una fijación por épocas tipificadas dentro de la historia de la pintura, por ejemplo las vanguardias artísticas del siglo XX, el Barroco o el Renacimiento italiano. Así, su pintura navega libremente por la historiografía del arte, rescatando aquellos aspectos que más le interesan para confrontarlos con el presente desde un rigor formal que deviene a su vez posición discursiva. Un ejercicio de desmitificación del arte donde la imitación, el sentido del humor y el equívoco funcionan como sistemas de relectura de la tradición pictórica. En definitiva, una revisión conceptual que fantasea con nuevos enfoques, interpretaciones y funcionalidades de la pintura a través de una actitud desinhibida: la parodia sutil, encubierta y casi invisible.

Y si en 2015, en el Espai Cub de La Capella de Barcelona, Germán Portal reinterpretaba las vanguardias artísticas desde una posición muy “do it yourself”, dando lugar a piezas próximas a Picasso, Brancussi o Giacometti pero utilizando como material de base lo más mundano (alambre, cartón, papel de plata…), y a continuación revisitaba el arte de posguerra en la Galería Silvestre en Madrid – en este caso desde la óptica del non finito, lo no acabado – ahora el artista recupera el concepto renacentista de la bottega: el taller artístico, el lugar del material en bruto, el espacio de trabajo donde las habilidades del maestro se fusionaban con la de sus ayudantes hasta llegar a poner en duda su individualidad.

Debido a las exigencias del mercado, grandes figuras del siglo XVI como Tiziano o Tintoretto crearon sus bottegas para poder cumplir con los plazos de entrega, cada vez menos asumibles para una sola mano. Con el tiempo, esa virtud – la velocidad de entrega, la marca infalible – se tornó defecto. A lo largo de la historia, las piezas pertenecientes a las bottegas fueron consideradas de menor importancia. En cierto modo, y ahí reside uno de los aspectos que más interesan a Portal, el exceso de precisión de los ayudantes en su imitación del maestro fue también lo que, paulatinamente, empezó a alejarlos de su estilo, y por tanto a relegar las obras de la bottega a un segundo nivel.

Para su primera exposición individual en la galería Silvestre de Tarragona, el artista se nutre del imaginario escénico de la bottega para exhibir un conjunto de piezas que juegan con los equívocos de la autoría y las temáticas propias de la pintura. Siguiendo el esquema flexible del taller, donde las piezas conviven inacabadas y repartidas por el espacio sin la necesidad de justificar un criterio, Portal transforma la galería – el lugar de la presentación final – en una suerte de espacio de trabajo en el que todo parece encontrarse a medias. Un gran lienzo sobre un caballete, una intervención mural sin acabar, una selección de pinturas de paisajes de diversos tamaños y, por último, una instalación de dibujos figurativos sin temática concreta.

En definitiva, La Bottega de Portal escenifica cuatro bloques interconectados en los que los tiempos de ejecución parecen desplazarse y distanciarse entre ellos. A simple vista, todo es reconocible. Encontramos paisajes y ambientes vacíos, sin acción, sin relato. También encontramos personajes (individuos, animales…) carentes de escenario y de contexto: un gran paisaje celeste en el que no ocurre nada bajo su majestuosidad, entornos naturales donde la mirada necesita fijarse en algo que no existe, o algo que ha desaparecido, lugares excéntricos, erróneos, personajes a la espera de entrar en acción…

Todo aparece voluntariamente deslocalizado y pendiente de un último gesto que debería otorgarle un sentido. Un último gesto que nos ayudaría a situarnos, a tener confianza en aquello que vemos, en aquello que esperamos. Pero nuestra sospecha crece. Y es que la pintura de Germán Portal ya no busca narrar lo acontecido sobre la superficie de un cuadro, sino que simplemente nos desvela el artificio de la ilusión pictórica.

David Armengol. Diciembre de 2016


 

 

EN//

Despite being one of the artistic disciplines par excellence, Contemporary Painting seems to be the subject to a crisis situation which is sort of chronic.

Painting remains autonomous, it still sets its own rhythm and, consequently, it still comes up against the same frictions in relation to other genres which are more conceptual in nature. Nevertheless, although it is true that this practice might find itself in an exhaustion time, it is also true that exists a meta-referential trend where Painting is vindicated through a self-critical analysis about the medium itself; meaning a Painting that, apart from the visual narratives, it talks about the Painting itself.

In this line of research, we can find Germán Portal’s work (Montevideo, 1979). Germán Portal is a painter who focuses his work on an exhaustive exploration of the act of painting nowadays. To this effect, the artist uses two complementary strategies.

On the one hand, a fake lack of style which allows him to release himself from the authoritarian burden of the gesture and to experiment unabashedly. On the other hand, he has a fixation about categorized periods in the History of Painting, for instance the Twentieth-century Avant-garde Art Movements, the Baroque or the Italian Renaissance. So, his artwork freely travels through the historiography of art, retrieving those aspects that he considers more interesting to be confronted to the present from a formal rigour that becomes, in turn, a discursive position. It’s an exercise of Art demythologizing where the imitation, the sense of humour and the misunderstanding work as systems of reinterpretation of the pictorial tradition. In short, it is a conceptual revision that fantasizes about new approaches, interpretations and functionality of painting through an uninhibited attitude: subtle, veiled and almost invisible parody.

And, if in 2015, at the La Capella’s Espai Cub in Barcelona, Germán Portal re-intrepreted Avant-Garde Art Movements from a very “do it yourself” position which gave rise to pieces which were akin to Picasso’s, Brancusi’s or Giacometti’s but using common things as main materials (wire, cardboard, silver foil). And, after that, he revisited Post-War Art at Galería silvestre in Madrid (in that case, doing it from the perspective of the non-finito, the unfinished) now, the artist revives the Renaissance concept of bottega: the artistic workshop, an area reserved for the raw material, the working place where the master’s skills merged into his assistants’s skills, to the point that his individuality could be questioned.

On account of the market requirements, great figures of the XVI century, such as Tiziano or Tintoretto created their bottegas in order to be able to meet their deadlines, which were becoming less acceptable to just one hand.

As time passed, that ability – promptness in delivery, the infallible brand- became defect.

Throughout history, the artworks created by the bottegas were considered to be of minor importance. In a certain way, and that’s one of the more interesting aspects to Portal, the assistants’s excess precision in their imitation of the master was also the reason why they started to distance from his style progressively, and thus, it was a cause of the relegation of the bottega’s works to a secondary level.

To his first solo exhibition at Galería silvestre in Tarragona, the artist focuses his interest in the stage imaginary of the bottega so as to exhibit a compilation of pieces where he plays with the misconceptions related to the authorship concept and with those subjects associated with the pictorial tradition. Following the flexible framework of the workshop, where the unfinished pieces coexist being spread about the space without the need to justify a criterion, Portal turns the gallery (the place where the final presentation is performed) into a sort of working space where everything seems to be half baked. A large canvas placed on an easel, an unfinished mural intervention, a selection of different sized landscape paintings and, finally, an installation created from several figurative drawings without a particular subject matter.

In conclusion, Portal’s Bottega stages four interconnected blocs in which the pictorial execution times appear to move and drift apart. At first sight, everything is recognizable. We find landscapes and empty spaces, without any action, without any story.

We also find characters (individuals, animals) devoid of scene and context: a large celestial landscape where nothing really happens below its magnitude, natural environments where you need to gaze at something that doesn’t exist, or something that has disappeared, eccentric erroneous places, characters waiting to take action?

Everything seems to be voluntarily displaced, waiting for the lastest gesture that wouldgive meaning to the whole thing. A last gesture that would help us to position ourselves, to trust in what we see, in what we expect. But our suspicion grows. Because, Germán Portal’s work doesn’t seek to recount what happened on the surface of a painting, but unveil the artifice of the pictorial illusion.

David Armengol. December 2016